Castillos abandonados

Duermen, dulces, sumisos,
vampiros abrazados a sus estacas.

Como te desean, Parca.

Empalan hombres
en valles perdidos,
en montañas sin nombre.

Como aman la necrofilia.

Aplastan la verdad
por el hambre asesina
de su teatro funambulista.

Escupen su infantil odio.

En el bosque camina,
empujando su furia
contra su propia frustración.

Hija de una vieja Celestina,
hastiada de ser carne
para cerdos de dos patas.

Sus drugos malditos
besan con los puños.

Encierran gestos,
enclaustran miedo,
abrazan la guerra.

Ignorantes.

Violentos. Desquiciados.

Anheláis mi cadáver a contraluz.

Niñatos.

Buscáis ideología
para justificar el pavor
a la realidad,
la inquina a la verdad.

Verborrea crucificada,
resucitada,
vómito de ratas.

No llegan las esposas del verdugo
a besar las muñecas del suicida.

No hay mapa.
No hay camino.
No hay destino.

Bajo la masacre,
enterrados en cadáveres,
intentáis sepultar el miedo.

Asesinos.

Las mujeres del verdugo
duermen con la cartera entre las piernas,
sonríen, húmedas,
con tu sangre en los labios.

Y aunque no quedara
ni una sola mujer en el universo…

Las hijas de Celestina
gozan con la herida.

Juegan a Medusa,
petrifican su conciencia.

Obedecen:
sumisas,
dóciles,
disecadas.

¿A quién culpar
cuando la diosa ofendida
—la muerte disfrazada—
se obsesiona con tu reflejo?

¿A quién besar
con labios agrietados
por su mediocre mentira?

¿Tanto odio?

Para justificar la muerte,
para enterrarme vivo.

Criminales.

¿A quién queréis enterrar esta vez?

Asesinos.

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Acerca de ViZ3n

El poeta de la horas inquietas. Gato Cosmonauta, lobo de mar, observando sueños en cordilleras de interrogaciones. Coordinador del caos.

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