La monstru@ de las nieves

Con las manos rojas de frío, Alberico caminaba por un bosque en una noche invernal, por una senda entre encinas y arbustos secos, eran las nueve pero la noche ya era cerrada, tras la inmensa nevada que había cubierto los campos el paisaje aparecía transformado. Se fue dejando llevar saliendo de la senda principal para encontrar nuevos parajes. Debían ser las diez cuando encontró unos pasos en la nieve virgen, no le gustó un pelo pues podían haber sido de un perro asilvestrado pero por el tamaño la profundidad y las manchas de pinta uñas dedujo que eran de otro tipo de animal, cual fue su sorpresa al estudiar las huellas y descubrir que respondían a las de un insecto pero de un tamaño desmesurado. Decidió marcharse para volver al día siguiente para inspeccionar mejor la zona.
Madrugó y serían las doce cuando fue a los chinos donde compró una lupa de un metro de diámetro, un poco de yeso, un chubasquero, unas botas katiuskas, una cámara de usar y tirar además de insecticida por si las moscas. Armado y decidido volvió al bosque donde había encontrado los primeros restos, no había duda eran de una bestia con seis patas, sujetando con las dos manos su pequeña lupa siguió el inmundo rastro pero de tanto acercar la cara no hacia más que empañarse, lo cual le mosqueaba, al darse cuenta decidió rociarse con insecticida y ponerse el chubasquero, quizás el rastro contenía algún tipo de agente patógeno que le estaba infectando. Después de vacunarse pudo seguir las pisadas hasta un socavón donde desaparecían para aparecer un metro más allá. Algo no cuadraba la escena no tenía sentido, al otro lado del boquete parecía haberse tumbado, al recrear los pasos que había dado la sabandija hasta el agujero y posteriormente como se había tendido, confirmo sus sospechas, se había caído, dándose un leñazo considerable había metido sus santas seis patas en el agujero. Una, dos, tres así hasta seis, entonces se pregunto -¿Cómo puede ser tan sumamente torpe? Después del hallazgo se tranquilizo, pues un animal tan sumamente zopenco no podía ser muy peligroso. Hasta entonces en su mente aparecían toda clase de críptidos malencarados acechando entre la espesura. Tras aclarar que no podía ser muy peligroso, tomó, sosegadamente, unos moldes de sus huellas para su posterior análisis.
Anduvo media tarde siguiendo aquel repugnante rastro lleno de despojos hediondos que iban apareciendo frente a él, la bicha parecía pasar una y otra vez por el mismo lugar, una de dos o estaba buscando algún tipo de presa o estaba perdida. Revelada la escasa inteligencia y la monumental torpeza del gusarapo empezó a perder interés. Cuando empezaba a anochecer llegó a un descampado en medio del carrascal siguiendo las andadas hasta un montículo semejante a una conejera donde desaparecían, cansado de caminar todo la tarde, ciertamente desencantado pues el animal en cuestión había pasado a parecerle de lo mas inepto y sobradamente palurdo como para interesarle. Recogió su instrumental y se fue a casa en todo caso podría volver a estudiarlo al día siguiente. Eso le salvo la vida.

Al abrigo de la noche apareció lentamente una cabeza de mujer asomando del interior de la conejera, oteó un segundo el horizonte y rauda como un rayo se volvió a esconder, con más brío saco la cabeza se cercioró de que nadie la observaba y surgió atolondradamente aquel repugnante cuerpo que haría escapar al más osado. Poseía una extraña mezcla de fisonomías, un estropicio evolutivo, ni el ornitorrinco en sus mejores momentos constituía una amalgama de tal calibre, con un tórax y unas patas de mantis religiosa terminadas en unos pies humanos desproporcionadamente grandes para su tamaño, las partes traseras de una coneja, la cabeza de una medusa y adornada con unas colosales alas de murciélago. Tras dar unas trescientas vueltas al páramo y tropezar unas seiscientas veces con la única piedra que había en la llanura, se quedo muy quieta con la mirada fija, absorta, de esta suerte estuvo unos cinco minutos. Luego tomó impulso empezó a correr batiendo frenéticamente sus alas, pegó unos pequeños saltos y chocó contra la conejera, repitió la operación unas setecientas veces, con el consiguiente chichón que ya parecía un cuerno. Pero milagrosamente voló, el maldito engendro voló, lo hizo para estamparse en uno de los primeros árboles del encinar pero con una inaudita habilidad se quedó encaramada al tronco y se dispuso a trepar pues en la copa de éstos mantenía a sus más preciados tesoros, unos capullos tamaño estándar, de unos dos metros que doblaban las ramas de las antiguas encinas, eran sus zánganos, bichejos de la misma ralea pero un poco más pequeños y con cabeza de cíclope. Los mantenía a base de un extraño mejunje blanco y dulce que desprendía de su coraza. Una vez alimentados comenzaba un dialogo de lo más peculiar, series de gritos, una verborrea incesante en un tono agudo que hubiese reventado los tímpanos de cualquier persona,un lenguaje basado en los gruñidos. Tras alimentarlos y comerles la cabeza los liberaba de su envoltura con exquisita torpeza dejándolos caer del árbol donde permanecían dormitando durante todo el día, ella se abalanzaba desde la copa, con un estilo que recordaba al salto del tigre, ellos lamían con devoción con ansia a su domina en un trepidante aquelarre. Demostraban tener un talento similar, voraces y holgazanes tenían muy acentuada la parte de conejo en todo momento pretendían penetrarla pero los muy torpes se encaramaban a sus patas intentando fornicar con ella sin acertar ni a la de cien por el lugar correcto, para caer desmayados al siguiente segundo, no hacían más que lanzarse en un frenesí lleno de gruñidos guturales lanzados por estos esperpentos que parecían agitarse cada vez más sin conseguir acertar y ella que empezaba a desesperarse por la incapacidad patente de sus majaderos amantes, quizás su único ojo les impedía tener una amplitud de miras adecuada provocándoles una miopía cerebral o tal vez eran torpes como ellos solos. A todo esto la bicha empezaba a mirarlos fatal, se puede ser más inútil pero es muy difícil. Transcurrió toda la noche en una escena harto cómica, la mantis religiosa harta de esperar los agarro del pescuezo y los fue subiendo a los árboles uno a uno, otro día tal vez tendría suerte y los mamelucos en un alarde de puntería acabarían por conseguir finalmente la cópula. Parecía ciertamente hastiada y con un poco de líquido que desprendía de la cola de conejo los ató a la encina que crujía debido al sobrepeso de tan titánicos capullos. Ellos con cara de galleta y su ojo con la mirada vete a saber tú donde, permanecían en estado catatónico. Bajó del árbol con un rostro que denotaba una evidente decepción. Moviéndose con su habitual torpeza se dirigió hasta su guarida donde se introdujo ocultándose de los primeros rayos de sol.

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Acerca de ViZ3n

El poeta de la horas inquietas. Gato Cosmonauta, lobo de mar, observando sueños en cordilleras de interrogaciones. Coordinador del caos.

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