el valle, rinde sus hojas
abatidas, hielo,
secas, roídas, jalonan
un bosque lapidado
Perfilan
una esquela, con el rostro desencajado
la efigie de una huella
de quejumbroso rastro
el escriba,
tiñe su alma, de perpetua tinta
cuando las sombras, no ven
en el tímido arroyo
Cuando nadie, queda
escondido, mira sus aguas
y las oye,
la escucha, el escriba
olvidó como llorar
encogido, mira las lágrimas
del arroyo y caen las hojas
para ser sauce
en el tímido arroyo
















