Pasear las manos, suaves,
sobre las rojas tejas
Luz en una avalancha,
extasiada luz negra,
Empecinado fuego naciendo
de las enterradas huellas
Rastros maleables de loable avaricia
En los castillos de naipes moran fantasmas
de cuero y satén
Llagas enajenadas en el trémulo pulso
de sus desgatadas alas
Encuentran el cielo, despacio,
pasean las palabras, devastados paraísos
Trenzadas manos buscando su pulso en las enterradas huellas
En los labios de un huracán, las maltrechas psiques
Tornan fuego y no hay suero que cure sus heridas
En el maltrecho palpito de un nido
Guardan los caramelos los abrigos de invierno,
las hadas juegan a ser paraguas
Bajo las estela de una opaca llama, apagada psique
Enredados en un dedal cosiendo sus llagas,
al espasmo de una cicatriz
Crucificada santidad de cuero y satén
en el pulpito de los necios
Seducen con cenizas azules
las manos de los soberbios.
el latido de un nido,
deshecho con delicadas
mentiras.
















