El acelerador rompe el silencio, quemado mana de tierra seca.
El viento frenado su rostro olvidado yace pintado con las pinturas de pena.
Guerra grotesca de tallos batidos en mundos de silicio.
El imperio desvanecido de un caballo perdido en busca de la libertad
Los pedazos partidos servidos de hielo, glaciar espuma,
Clavan en el suburbio los clavos martillos que quieren hundirlos.
Carrozas deslizándose por el parque de los abetos dormidos
Cipreses despiendose eriguidos setos cortados con tijeras
empecinadas en quemar la sabiduría en hogueras para mentes empedradas.
Anhelan enterrarnos con balas de un rebaño de sangre,
fluyendo desde sus gritos a sus muñecas
las puertas cerradas en un pasillo tapiado de miedo.
Los pomos arrancados a lomos del fuego crujen las mentes en el último espacio sin conquistar.
Giran electrocutados en un barrio atestado de sangre que corre hacia las alcantarillas
para los baños de ratas, jugando los ases de nuestra perdición,
mordisqueando billetes en tronos de mugre y desolación.
Cantan mis álamos las canciones de alegría y pena de amor y abandono,
en una sinfonía eterna de cien músicos oscilantes, la armónica sueña con sus hojas
la armonía de los álamos seduciendo tus dedos entre las nubes.
arrancándole al aire notas de metal, férrea sinfonía de dulce melancolía.
El suave mecer de mis horas tranquilas paseando por una vida frenética
Frenesí, deseo, amor horizontal, tendido en los álamos
Besos entre las balas, vals entre la sangre, sueños entre el horror.
¿Hay paz en la guerra?¿Hay libertad en la dictadura?¿Queda amor entre tanto odio?
¿Quedó sentido en el caos?
Quedó caótico espacio trémulo deseo, luna rosa sonriente y llena de plenitud.
















