Dame de los dioses su fantástico Olimpo, apestando a superstición.
Dame el oro del vaticano para hacer retretes de oro para muñecas tuertas.
Dame el edén cristiano lo convertiré en un paraíso impío,
de armas errantes luchando contra la complacencia.
Carraca para las abuelas que viven solteras defecando en las orejas trashumantes.
Entablado de jergas malsonantes bajo la escalera de caracola, desfallecido discurso.
Ponles a los insectos una luz al fondo irán a ella con devoción hasta carbonizar la razón.
Dame de los hombres su voluntad, está si es eterna, es tangible y sabia luz.
Humanos contra pusilánimes burgueses asustándose de su sombra, temiéndole a la verdad.
Con la determinación de nuestra lucha, con el camino desandado y la ética desaprendida.
¡Llamadla guerra!, hijos de la ambición pétrea empecinada en esconder raíces.
¡Llamadla lucha! hijos del confundido lujo, embrujo de ignorantes.
Pero si queréis saber su nombre es JUSTICIA.
Por ver el plato llena de sopa y sorber un segundo más de vida.
Por acallar los sollozos de niños escuálidos hijos de la inanición.
Por ocultar el dolor en sus ojos marchitos clavados de indignación.
















