Una teja atravesada de flores, apagados soles,
Una voz cruzada de odio, de prejuicios,
Tolerantes desde un sillón con las manos temblando, con la soberbia de su posición,
La cartera atada ante la piel morena, la maleza cubierta de sucias intenciones,
Tolerantes, mentirosos, trinos de pájaros sin alas, de escaleras enormes hacia ningún lugar,
Rejas para las gotas que corren entre las tejas y no quieren caer.
No quieren caer, no quieren dejarse ver.
Tolerantes, llenos de sedantes, seda desgarrada, vida destrozada.
En un sinfín de sirenas cantándoles sus canciones de brujas,
Agujas cosiendo sus mentes, prejuicios, manías, obsesiones,
Resultan tolerantes, con el emigrante, en su país, con la
patera, pero salvajes asesinos con una identidad distinta en su portal.
Intolerantes con la verdad, sediciosos con la certidumbre,
Tolerantes en el seno de su comprometida familia, aseada conciencia,
Sin paciencia ante el distinto incluso ante su igual,
Desagüe, vinagre y ácido para corroer su triste destrución
Capaz de anular la sangre convertida en gasolina,
Incendio para quemar una sombra que huye
Ante su espanto de espartano maldito
De romano impostor, de humanos inhumanos.
















