En las arenas del Sahara, después del bochorno infernal diurno y con la espalda rota de montar desde el amanecer en la camella, se sentó al abrigo de la hoguera, buscando un poco de alegría, se tomó un café negro, como fría era la noche y se acomodo para escuchar una leyenda de los tuareg ilustrada con mil detalles, un cuento tragicómico que comenzaron así:
Antes de la llegada de los árabes existió una familia romana, unos patricios cartaginenses. El patriarca de la familia era un comerciante ansioso, libidinoso muy aficionado a celebrar las más famosas orgías de esa parte del imperio. Era un prospero mercader que había hecho fortuna gracias a más de un negocio turbio incluso para la época. Vividor insaciable nunca tenía suficiente mujeres, llegó hasta tal punto su afición que perdió todo su dinero. Intentando salvar su estatus urdió un plan para timar al gobernador. Pero éste estaba al tanto de su caso y de lo único que le sirvió su maquiavélico plan fue para empeorar su decadente situación, se torcieron hasta tal punto sus intrigas que fue expulsado junto con toda su familia a los confines del imperio a las arenas del Sahara. A sufrir los horrores del desierto, avocados a una muerte segura. Pero este adinerado mercader a pesar de todo poseía la lealtad de parte de la guardia, a quienes había invitado más de una vez a gozar de vino y la compañía de las más deseadas meretrices, de esta suerte consiguió como favor personal ser conducido hasta la frontera por una guardia bien pagada, éstos en lugar de dejarlo abandonado se aseguraron de que no pasase ni un día de hambre, dándole lo necesario para sobrevivir hasta que se cruzase con una caravana con la cual había hecho negocios en numerosas ocasiones.
Tras encontrarse con la caravana fue conducido hasta un cercando oasis. Se asentó en aquella tierra con sus escasas pertenencias y su familia. Desposeído de sus esclavos y de sus meretrices no encontraba sentido para su existencia, su mujer e hija lloraban día y noche, él hacía lo posible por sobrevivir ante tan cruel situación. Intento hacer negocios con las caravanas que paraban en el oasis pero ya nadie quería comerciar con él, pues había perdido todo su prestigio. Únicamente pudo comprar unas cuantas cabras que le permitían subsistir. Permaneció un mes cuidando de sus cabras hasta que su gula se avivo y el muy tragón se comió todo el rebaño en una semana . Su voracidad no tenía parangón, aunque contaba con unas generosas reservas en su interior necesitaba una ingente cantidad de alimento. Ante tal tesitura, acostumbrado como estaba al funcionamiento de los burdeles decidió que lo mejor era prostituir a su mujer e hija, pero ellas, por supuesto se negaron, con lo cual amenazo con violar a su hija hasta que las dos accediesen. A que otra cosa podía aspirar éste, ¿por qué no decirlo?, mal nacido hijo de puta, putero inmisericorde, pues a ser marido y padre de puta. Me voy a otro párrafo, éste parece un burdel.
Visto el panorama las dos mujeres escaparon en la siguiente caravana ofreciéndose como esclavas, al menos vivirían en una ciudad del imperio y no sufrirían las acciones de semejante sátrapa. Así quedó el hombre compuesto y sin negocios en mente. Decidió que lo mejor era partir en busca de su esposa e hija, ¿qué otra cosa podía hacer?, ya no tenía con que alimentarse, ni una triste mercadería negociable, el hambre empezaba a trastornarle… Vagó errante dos noches, hasta una tarde en la cual vio aparecer una pared de arena que cubría el horizonte, la tormenta le atrapo y quedó cubierto parcialmente de tierra, solamente conservaba un pequeño hueco por encima de su cabezón para respirar. El viento soplaba en torbellinos y tuvo la idea de darle una curiosa forma. Dada su escasa estatura y lo curvilíneo de su figura, quedó petrificado convertido en ánfora. A las pocas horas un grupo de nómadas que recorrían el desierto se encontraron con el cúmulo de arena con cuerpo de ánfora. Maravillados se acercaron quizás se trataba de algún resto de una caravana que había sucumbido ante la tormenta de arena, empezaron a retirar la arena que tapaba el ánfora esperando encontrar algún tipo de mercancía con la que negociar, en ese momento el sátrapa había despertado de su letargo, permanecía inmóvil, comprendió cuanto estaba ocurriendo y vió una salida a su desastrosa situación. Escuchaba las voces de los nómadas mientras retiraban arena y en cuanto pudo moverse dio un salto tan alto como le permitieron sus menguadas fuerzas, gritando –¡¡soy el genio del ánfora!!! Se quitó los restos de tierra que cubrían sus harapientas ropas, mientras les comenzó a contar una fabulosa historia de como había permanecido enterrado miles de años hasta su llegada. Hacía milenios un maléfico hechicero le había condenado a permanecer enterrado hasta el fin de los días por ayudar a los humanos. En agradecimiento les concedería tres deseos. Los nómadas quedaron fascinados ante tal porvenir y se abalanzaron sobre él pidiéndole tierras verdes, aguas infinitas, miles de camellos…. ¿Cómo iba este sátrapa harapiento a conseguirles todo los que les había prometido? Astuto especulador como era, ideo un plan y les dijo que le prestasen el mejor de sus camellos, la cabra que diese más leche, la más clara de sus aguas además de un puñado de tierra del más fértil de sus oasis. Luego le debían conducir hasta una ciudad costera donde compraría ciertos ingredientes que sólo se podían encontrarse allí, una vez adquiridos efectuaría un antiguo hechizo, el cual le permitiría multiplicar todo cuanto le habían prestado por cien incluso con suerte por mil.
Tres días después llegaron a la ciudad, les pidió que esperasen en las puertas, al llegar la tarde regresaría con todo lo necesario para realizar el milagro, pero ellos desconfiaron y decidieron que uno de los suyos le acompañase. De este modo atravesaron las murallas, una vez dentro el ladino consumo su plan. Lo primero fue marear al nómada un poco por la ciudad, al puerto, a los bares, más tarde al mercado a comprar los más diversos artefactos… El nómada se temía lo peor, pero aún así la esperanza de cambiar por completo su vida le hizo seguir con el plan acordado. El mercader lo retiro pacientemente de la muralla hasta que estuvo tan lejos como para que el resto del grupo no escuchase el alboroto, entonces llamó a la guardia gritando que era un comerciante romano que le llevaban secuestrado, los soldados se lanzaron sobre el desprevenido nómada ensartándolo sin ningún tipo de miramiento. Más tarde el pícaro declaró ante el gobernador de la pequeña ciudad que el resto del grupo de bandidos esperaban al otro lado de las puertas del asentamiento, así la guardia atacó sin piedad a los desconcertados nómadas. El mercader aprovecho la tesitura vendió el camello y se aseguró una plaza en el siguiente barco que partía hacia el otro lado del mar. A mitad de camino los dioses se vengaron de este ladino comerciante y le castigaron con otra tormenta perfecta, quedó así el barco a la deriva durante varios días hasta que de nuevo fue a parar a la costa africana con tan mala suerte que terminó en Cartago. En cuanto fue reconocido en lugar de ajusticiarlo, sabiendo de su mayor afición y temiendo que contase otra vez con la protección de la guardia, sufrió una sentencia que le haría sufrir más que la muerte, fue privado de su pene. Acabo convertido en el eunuco más famoso de los burdeles de Cartago, comiéndose con patatas sus interminables ganas de joder y sin poder más que mirar como se paseaban frente a él desnudas las más deseadas meretrices. Finalmente se reencontró con su mujer e hija, que gracias a los desmanes de este malparido terminaron ejerciendo la prostitución.

















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